El castillo de algodón: Pamukkale

29 12 2007

Pamukkale, o  castillo de algodón en su traducción, es una de las obras maestras de la naturaleza ubicado en Turquía. Sobre un acantilado fluvial de más de doscientos metros de altitud, se eleva este grandioso decorado surrealista que no se encuentra otro igual en todo el mundo.

Desde lejos, Pamukkale da la impresión de una serie escalonada de cataratas fosilizadas, pero en constante ebullición, vivas y cristalinas. Aunque según dicen, si uno se acerca, el paisaje adquiere la dimensión de una especie de jardín acuático, formando inmensas caracolas de roca calcárea  de una blancura azulada y de una tremenda belleza. Los manantiales calientes que brotan constantemente del interior de sus suelos calcáreos son el origen de este prodigio y el motivo primordial del asentamiento aquí de tantas civilizaciones pasadas. En Pamukkale, el agua termal brota a una temperatura constante de 35º, vertiendo un caudal constante de 240 litros por segundo perfecta para sanar enfermedades.

Curiosamente, a solo 5 kilómetros al norte de Pamukkale, en Karahayit, el agua brota de los manantiales a 38º, que al se extraordinariamente rica en mineral de hierro, convierte a este manantial en una enorme mancha roja que sobresale en el verde paraje que le rodea. Son cientos de personas las que allí se concentran, algunas para sanar, otras para disfrutar de las vistas y otras simplemente de paso, convierte a Pamukkale en un destino muy solicitad y concurrido. En ese mismo enclave están las ruinas de Hierápolis. Se trata de una villa de reposo fundada en el año 190 a.c por Eumenes II rey de Pérgamo. Próspero bajo los romanos, se hizo rica con Bizancio. Esta villa termal, a la que se venía a recuperar la salud, se convirtió en una necrópolis  y a la par en un inmenso cementerio. También guarda en su interior un gran teatro, una iglesia bizantina y un templo de Apolo.

Desgraciadamente, el paraje está sufriendo las consecuencias de tantos siglos de explotación y por lo tanto, está empezando a oscurecerse y secarse. El equilibrio con la naturaleza pende de un hilo, y nosotros… nos colgamos demasiado de él. Ese hilo cada vez se rompe con más frecuencia y nos da a todos en las narices, ¿porqué no evitar ese golpetazo ;)?


Fuente: http://www.viajeros.com/diario-2708.html

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